Los muchachos de zinc / Svetlana Alexiévich / Debate

Por Yulieth Mora

La autora de este libro ganó el Premio Nobel de Literatura en el 2015. Un premio que reivindicó el periodismo a la altura de la literatura, en tiempos donde se necesita, más que nunca, recordar la importancia de un oficio como este. Del oficio de la no ficción.

Este año -2016- Alexiévich visitó Colombia en el marco de la Feria Internacional del Libro en Bogotá. No fui a verla. No fui, porque no es recurrente pedir permiso en el trabajo para ver a una escritora y menos recurrente que lo concedan. Pude verla en un video que colgó el Colegio Gimnasio Moderno en su página con el evento completo. No había leído nada sobre ella sino escuchado las recomendaciones de un pluma excepcional. La charla lo corroboró.

Premio Nobel de Literatura en el Gimnasio Moderno from Gimnasio Moderno on Vimeo.

En la librería elegí Los muchachos de zinc, pude elegir entre La guerra no tiene rostro de mujer y Voces de Chernóbil pero algo, algo como hacer lo opuesto a lo que me dicen, me llevó a elegir el primero.

Me dolí leyendo el prólogo.  Lo repasé dos y tres veces para comprender, con los ojos desorbitados, de qué están hechas nuestras fragilidades y cómo aparece el dolor en nuestras historias. Nunca llegue a entenderlo. Cerré el libro con un miedo absoluto y lo cargué en el morral un par de días para hacer de él un instrumento familiar, uno que abriría cuando estuviera preparada. Tampoco nunca lo estuve pero me obligué.

“Envidio a esa madre que tiene un hijo que volvió sin piernas… Qué importa que la odie cuando se emborrache. Que odie al mundo entero… Qué importa que arremeta contra ella como un animal. La madre le paga prostitutas para que no se vuelva loco… Una vez ella misma le hizo el amor porque su hijo pretendía lanzarse de un décimo piso. Cualquier cosa me parece mejor… Envidio a todas las madres, incluso a las que enterraron a sus hijos. Me sentaría al lado de su tumba y estaría feliz. Le llevaría flores. (…)”

Una madre

Lo que sigue después del prólogo son las anotaciones personales de una periodista de guerra, caminamos por ella por direcciones de miedo y desesperanza, con demasiada violencia a cuestas diciendo:

“No quiero volver a escribir sobre la guerra… No quiero vivir de nuevo inmersa en la ‘filosofía de la desaparición’ en vez de la ‘filosofía de la vida’”

Después, con un aviso previo al Día uno, aparecen línea a línea el corazón de profundos testimonios de madres, familiares y sobrevivientes que entre 1979 y 1989, en nombre del régimen soviético, combatieron en Afganistán por una causa que a fin de cuentas no era tan clara. De regreso, ante la tragedia que al principio se parece al honor de un guerrero, llegan a casa los ataúdes de zinc donde las lágrimas no se quedan como en la madera, sino que congelan el dolor con el frío de una verdad injusta.

Se trata de una narración que teje retazos de un centenar de vidas, de la historia oficial del dolor de las madres, la idea del éxito, el honor y cómo se apaga cada que alguien dispara.

Estoy segura que no solo se trata de un libro, sino de un libro brutal, golpeador, que uno debería experimentar una lectura de estas para entender por qué está vivo, con el profundo dolor que le cause, sobre todo en Colombia cuando hablamos de tiempos de paz sin experimentar nunca la guerra.

Hace meses recibí de cumpleaños, un regalo de mi mejor amigo, Las voces de Chernóbil y no he querido -hasta que me sienta capaz de soportarlo- leer la primera página, “ya llegará el momento, ya llegará” me digo, “el momento de abrir el regalo”.

los_muchachos_-de_zinc_svetlana_-alexievich_debate_todas_mis_declaraciones

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