Bibliotecas

Robé un libro de cuentos de miedo en el colegio donde hacía quinto de primaria. Lo llevé a casa, y con suerte, nadie lo encontró en mi maleta. Lo tomé prestado de un estante lleno de temperas, plastilinas, papel higiénico y menos de veinte libros. Lo devolví a los dos días –rápido- porque al leerlo, el miedo se me puso adentro del estomago, sentí entonces algo físico que me rompía de susto. Tendría nueve años cuando lo hice por segunda vez pero no lo devolví –sí, lo robé-. Quería leer más, pero no historias de miedo.

Llegué al primer curso de bachillerato a un colegio horrible, del que siempre hablo mal porque debo ser honesta. El colegio tenía una biblioteca, era el último salón de una casa vieja que hoy se cae. Entre los libros y yo había una barrera, las rejas blancas de piso a techo advertían que no podría robarme otro libro. Nunca volví a hacerlo. Quería leer y luego entendí que robar no tenía nada que ver con eso.

La biblioteca parecía una cárcel. Y lo era. Al que se portaba mal lo enviaban directamente allí a pensar en sus actos, a esperar que sonara el timbre, a escuchar los tacones de profesoras con afán, realmente a nada. La biblioteca era un castigo. Era un lugar húmedo con sillas apiladas que brillaba por la soledad; del otro lado de la reja una mujer de cabello rubio y la expresión menos amigable que uno se pueda imaginar de un bibliotecario.

La mujer hacía de dueña y señora de los libros, también sacaba fotocopias. Sobre la repisa de una ventanita que unía las distancias, había un libro de cuero rojo en donde uno firmaba -con su sangre- la devolución del libro que le habían confiado. Los libros se veían detrás de la reja y yo iba a visitarlos pero no podía tocarlos.

No volví a esa biblioteca desde una vez en que pedí un libro prestado y cuando leí por encima de qué iba; no me gustó. Sentí que esa prueba de helado, sus primeras páginas,  eran de pistacho y lo quería era uno con sabor a brownie. Cuando devolví el libro, a menos de diez minutos de firmar, a la dueña y señora le pareció una canallada, me regañó como ni siquiera mi mamá me había regañado cuando debía hacerlo. Volví a la biblioteca solo porque me obligaban a sacar fotocopias o porque me había portado mal.

No volví a sacar libros porque me regañaron por semejante pecado, como después no volví a la iglesia por una razón parecida. Pasé mis años de colegio con lecturas escolares, como es normal, con joyas clásicas que uno no entiende cuando lo que sigue es la materia de cálculo y no la reflexión del verso, cuando no se entiende la poesía porque la rima pide que uno tenga 4 años y el profesor no sabe explicar.

Pasé esos años con lecturas aburridas y una que otra hora de un programa de lectura que nos obligaban a hacer pero que despertó mi curiosidad de leer, por ejemplo, los 12 cuentos peregrinos de García Márquez.

Ya tenía como 13 años cuando llegué a una biblioteca pública, llegué porque me aburría de jugar fútbol en el parque y porque a los 13 años una niña no debía jugar fútbol en el parque y yo me tragué esa mentira. Llegué para ver estantes llenos de libros que podía tocar, leer hasta la mitad y dejar sobre la mesa, libros que no eran de nadie pero que eran de todos, los que  devolvía con la esperanza de que me prestaran más al terminar.

Desde entonces las bibliotecas son mi refugio, el lugar donde me escondo de los otros, las tardes de domingo que no quiero hablar con nadie, los días de mis hondas reflexiones, son el saludo con gente que ama las historias, gente que envidio por vivir tan cerca de anaqueles y anaqueles de libros.

Las bibliotecas me han prestado libros sin cobrarme un peso -en un país donde los libros son caros- han contado historias que no aparecen en Internet, dejado entrar e irme cuando quiera, me pusieron a recitar mis poemas en público con un ansiedad que apretuja el estomago y el alma, me hicieron salir con la mirada perdida después de una historia conmovedora o con la pupila dilatada cuando se encuentra la verdad de por qué se está vivo.

En una biblioteca me enamoré, puse mis ojos en la dirección de los mismos libros, mientras yo leía El gran Gatsby y ella Música para Camaleones,  la vi caminar en la sala de lectura y le sonreí después de vernos días y días seguidos en medio de libros, a fuera de la biblioteca me pidió el correo y fue la primera cosa que le di, antes de darle todo.

En las bibliotecas, en mi favorita que es la Julio Mario Santo Domingo,  puedo ser yo, echarme en el pasto, ver como las nubes me bailan de frente, puedo preguntarle a Pessoa sobre ese poema sobre Dios que todavía me toca, puedo charlar con autores que se murieron hace años  y resucitan cada que paso una página. En las bibliotecas no hay guerras, el tiempo cae despacio, se enrolla y uno se escucha así mismo, así no esté gritando. En las bibliotecas se lee, se lee y la mirada cambia.

Yulieth Mora

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