CARLA

No le prestó importancia, durante los tres años que pasó en la universidad, hasta que escuchó en un pasillo que a Carla le gustaban las mujeres. La siguió con la mirada, la espió en el cambio de clases, le sonrió para saludar, la miró fijo para hablarle. Ella se dio cuenta, un viernes le correspondió.

La besó dos noches seguidas, llamó a su celular más de cuarenta veces en un mes. La pensó mientras se iba, cuando esperaba el bus, antes de dormirse. La invitó a cenar, a ver películas. Carla le dio la mano para pasar la calle, le dio un beso en el ascensor, otro en las escaleras. Le dijo: amor.

Se obsesionaron con esa idea, con esa brusca idea de que el deseo hiciera justicia. Carla mordió sus labios, le hundió su nariz contra el abdomen, le abrazó por el cuello, le besó el rostro. Hizo dos recorridos hasta sus rodillas, puso sus cachetes contra el muslo, entró sin compasión a su interior, se movió adentro para decirle que viniera con sus yemas, le miró fijo los ojos desorbitados de deseo, idos en placer.

Sábanas empapadas, la cabecera de la cama marcaba el borde sobre la pared, dos brasieres en el suelo, dos calzones enredados, la habitación era sauna, una camisa parecía nueva de no ser por los tres botones que hacían falta, la cremallera de un pantalón servía después de semejante jalón de deseo.

Un teléfono vibraba. En la calle sonaba un pito de fútbol, un camión viejo, un hombre vendiendo lotería, en la habitación de al lado un oboe sin aire. Sonaba la casa, la escalera, el agua que bajaba entre las cañerías del sexto al primer piso. El sol naranja marcaba la reja en la pared, los frascos de la sal, el azúcar, el clavo y el café hacían sombra como si fueran verdaderos edificios de cocina.

Carla supo dónde estar y en qué momento. Apretó sus entrepiernas, mantuvo sus dedos donde los tenia, calzó metódicamente cada movimiento circular, dejó caer su frente que era agua sobre la otra frente, la deslizó –poco más lento que una cascada- hasta que la boca se quedó justo en esa oreja. Susurró un canto, un despertar, mil estallidos, suspiró la gran velocidad, el principio y el fin, la agonía, el bienestar de un segundo. Le dijo sin palabras que había llegado, que la música era ese estar en su cama, que había una verdad que los hombres persiguen. Le puso todo en la oreja mientras se fue cayendo al hombro, le puso todo adentro, manteniendo ese solo movimiento. Se volvió agua, agua de río, que va y no se devuelve que siempre es dulce, trasparente, que llama para cogerse de las piedras, la que arrastra, la que suena como ese día, como la verdad de por qué se nace y para qué.

Carla puso todo adentro, fue la primera vez y la única.

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