El arte de ponerse en pie

FB_IMG_1514643883915.jpgPensé mucho sobre si debía, o no, escribir esto. No por el miedo a publicarlo sino por el daño que me cause sentarme a repasar las heridas. No siento la necesidad de que conozcan el otro lado de la moneda, el de la sombra y el sello, sino la responsabilidad de los que han confiado muchas veces su vida en mí, de mantenernos a salvo, si comprendemos nuestras flaquezas y el dolor juntos.

Era enero de 2017 y nada, se supone, estaba mal. Tenía un empleo de docente, un espacio para escribir, una empresa que proyectar, una vida de soltera, el dinero y el tiempo, un apartamento para mí y una vida nueva, uno que otro encuentro. Veinticuatro años. Pero cuando intento explicar lo que vino después se me viene la canción de Fito Paez que dice: “Cuando yo creí que estaba todo bien en realidad estaba haciendo todo exactamente mal”.

El primer paso fue dejar de tomar el medicamento que me formularon, hace un par de años, para tratar mi ansiedad. Lo olvidé por meses y en el momento más espléndido de mi vida, mi cuerpo lo recordó. Mi crisis por ansiedad me empujó velozmente hasta el hueco oscuro de la depresión y cuando tuve que practicar el arte de ponerme en pie, era tarde y nada me sostenía.

Lo dejé todo. Tirar todo a la mierda es sencillo. Te toma un día, dos correos electrónicos,  una llamada, escribir la carta de renuncia, dejar en visto todos los mensajes, cerrar las puertas de la habitación, apagar la luz. Ya está. Todo a la mierda. Te toma un día, no es cierto que necesites años de valentía.

¿Por qué apagar la luz? Porque no había razón fundamental para mantenerla encendida. Porque el dolor que yo había ocultado hasta mi 20 años, el dolor de las pérdidas, del daño, de los secretos, del que pensé me había salvado al abrirme al mundo de una vez por todas: estaba vivo. Necesitaba existir y yo le había negado la oportunidad. Yo me había secado rapidamente las lágrimas, si es que había botado algunas, me había puesto en pie rápidamente para mantener el equilibrio, había ensayado cómo aislar cualquier cosa que me tocara. Buena o mala. Ya tenía una maestría en dejar pasar todo y seguir adelante.

Entonces viene la crisis. Meses enteros con la luz baja. Sin que brillen las pasiones. Meses con el miedo que evité por años contenido en el cuerpo. Todo el miedo junto para gritar: “yo estoy aquí y quiero que lo sepas”.

Cruzar la calle o un puente resultaba altamente abrumador para mí. Tenía miedo de salir, miedo de decir buenas tardes, miedo que congela, del que te pone tartamudo, miedo en el que el corazón palpita bruscamente y siente que ya llegó tu fin. Miedo. Miedo por cosas estúpidas como pedir el domicilio, contestar el teléfono, miedo que te hace sudar las manos, del que desconcierta porque jamás habías sentido tanto miedo. Miedo de dormir con la puerta abierta o con un cajón mal cerrado. Miedo de que sea Abril. Miedo a las tres de la mañana transpirando, enloquecida por salir a correr entre las calles con las luces encendidas. Miedo a las fiestas, los encuentros familiares, los matrimonios, cualquier cumpleaños, la gente frente a frente. Miedo de la guerra y el perro pequeño que ladra toda la noche. Miedo a la gente nueva y a la gente vieja que hace daño. Miedo a no volver a escribir nunca más. Miedo a los espacios cerrados y a los demasiados abiertos. Miedo a los temblores. Miedo a romper en llanto en la mitad de la calle. Miedo a los extraños. Miedo a decir una palabra y no poderme detener. Miedo de morir. Miedo de estar viva. Miedo del olvido de mi papá al que siempre estoy buscando. Miedo a causarle tanto dolor a mi mamá y a mi hermano con un silencio brusco, con mis cosas adentro.

Todo el miedo.

Todo el amor.

Todo el amor me salvó. Todo el amor que tiene mi madre y sus manos. Todos los viajes a los que me obligó. Los cortos y los largos. Todo su tiempo. Toda su fuerza a pesar de su propio dolor, y su energía a pesar de su franca debilidad. Todas las madrugadas. Las pequeñas cosas. Las tardes solas. Toda su fe en mi talento. Toda su confianza en mis decisiones. Todos sus avisos por el medicamento. Todo su carácter. Todo su humor. Toda su paciencia. Todo lo que una madre hace por un hijo. Todo lo que mi madre hizo por mí. Gracias Má.

Empecé a salvarme poco a poco. Recuerdo que Andrés Grillo, por sus redes sociales, recomendó un libro de Matt Haig, Razones para seguir viviendo. Fui a la librería y leí en la contratapa: “A los veinticuatro años, el mundo de Matt Haig se derrumbó. No encontraba razones para seguir viviendo. Ésta es la historia real de cómo superó su depresión, triunfó sobre la enfermedad y aprendió a vivir otra vez gracias a los libros y la escritura”. Y yo nunca se lo he dicho a Andrés, ni a otros, pero le quiero dar las gracias a la gente que nos salva sin saberlo.

Luego vino otra salvación en forma de correo electrónico que me liberó del ostracismo. Un mensaje de Fernanda Trías que confirmaba mi participación en el Taller de Cuento Distrital 2017. Acepté. A pesar de todos mis miedos, el sábado se convirtió en el único día en el que quise salir de casa. No hubo nada más que me importara que ir al taller. No hablé mucho el primer mes y nadie supo cómo me sudaban la manos en aquella biblioteca, ni como me escapaba para evitar cualquier conversación al final. Gracias a la guía del taller ya no dudo un segundo que estoy anclada por el resto de mi vida, me guste o no, a la literatura. Gracias Fernanda.

Juliana, la filósofa, asistente del taller, ahora colega y amiga, insistió una y otra vez en hablar conmigo. Conversar sobre las lecturas y los ejercicios. Yo tartamudeaba pero mi miedo cedió, los medicamentos ya estaban al día, se notaban los cambios. Ahí estábamos conversando sobre qué escribir, qué leer, ahí estaban en el medio los cafés, la comida vegetariana, las conversaciones. Gracias Juli.

Durante el taller hicimos relectura de Casa Tomada, de Cortazar. Cuando terminé de leerlo pensé en una frase que leí de Pizarnik: “lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias”. Era la una de la mañana cuando empecé a escribir Perro Negro. Fue el comienzo de una  temporada jugosa de escribir cuentos sin pretensiones, sin preocupaciones, como debe ser.

Y luego poco a poco, todo tomó su norte. Sin negar los días malos, los buenos fueron multiplicándose. Luego de Perro Negro pude hablar de lo que me estaba pasando. Hablar sin tartamudear, sin sudor en las manos, sin miedo a equivocarme, sin miedo ya de ser frágil antes los ojos de nadie. Fueron meses de cuidado. De detener una vida que iba demasiado rápido. Recuerdo bien que poco a poco fui volviendo a lo que amo: a leer, a la bicicleta, a escribir, a la música, a los documentales, a mi empresa, a las crónicas, al cine, a mi familia, a mis amigos, a ti.

Entonces, después de meses tan duros y de mi convicción de que ya había sentido el miedo y tenía que aprender a vivir con eso. Llegaron ráfagas de locura bien encaminadas.

Junto a Paola Soto, que es mi amiga y mi cómplice, mi colega y mi ejemplo (una mujer poeta que jamás he visto físicamente, ni a la que le he dado el abrazo que tengo pendiente) dijimos: “vamos a hacerlo” y después de conversar días, de rumiar la idea y de una tarde de junio donde fui a una conferencia de Leila Guerriero, ella me firmó mi libro y yo seguía tartamudeando, cruzamos mensajes, ideas, proyectos, historias y supimos que era momento de crear Vidas en Obra, un proyecto de periodismo del que estoy profundamente orgullosa y en el que mi fe está intacta. Gracias Paola por extender la mano a pesar de la distancia. Vienen muchas Vidas en Obra más.

Y la ráfaga siguió y ahora junto a un equipo del que no canso de agradecer cuando nos vemos los jueves (Juliana, Leandro, Giovanni y Alejandro) estamos metidos de cabeza en un rollo al que llamamos Colectivo Mil por Mil y que esperamos la rompa el año que viene. Y sigue la ráfaga de hacer proyectos que apasionan y mueven, sigue mi empresa Contenidos La Máquina creando historias de humanos a humanos. Sigue un nuevo proyecto que me emociona profundamente y del que no puedo hablar mucho pero del que le agradezco a Maleja por contarmelo y por creerme capaz de hacerlo. Y siguen las pasiones que no voy a dejar de hacer así de vez en cuando venga mi ansiedad, atada de Perro Negro, a visitarme.

Tengo mucha personas más a las que agradecerles seguir en pie. No puedo nombrarlas todas. Son muchas pero en especial gracias a Andrés, Ángela, Leticia y Adelaida por abrirme las puertas de su casa, a Germán y Yesica por el impulso a un viaje soñado a Santiago de Chile, a Melissa que siempre está, a mis tías Carmenza, Helena, Yaneth y sus hijos porque los quiero como ellos a mí, a Andrea Garzón que no necesita explicación, Andrea Neira y Maleja por su amistad incondicional, a Juan Pablo por su generosa amistad. A todos ustedes que llegaron hasta aquí en la lectura. Gracias a todos los que les hace bien verme bien. Esta es la otra cara de la moneda, así es cómo funciona el arte de ponerse en pie. 

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