BICHOS

A esa hora se oyen los gritos de dos hombres que roban a otro y lo dejan sin zapatos. La calle suena sola. En la esquina un borracho estrelló el carro contra el poste de la luz. Dos cortinas se corren en el segundo piso. Una mujer cree susurrar, «aquí en la calle no» y un hombre suplica, «un poquito».

A las tres de la mañana, se oyen picotear unos tacones con afán, el grito de alguien que sampa una sentencia, «por lo que más quiera no me cuelgue». Se escucha una japonesa estrenando amante, la viejita del 204 que se le olvidó orinar antes de acostarse y los ocho televisores que quedaron encendidos en un edificio.

A esa hora se oyen ruidos; aunque ninguno de esos le desvela.

Lo que le cortó el sueño esa madrugada fue algo diminuto.

No. Ya no iba a dormirse. No, no después de eso. Lo había sentido caminar sobre su brazo, vio su sombra correr mientras trataba de agarrarlo; lo que fuese el tal bicho —una cucaracha, un piojo gigante, una araña deforme— se había escapado, metido debajo del colchón, por entre las tablas o dentro del armario que soportaba el camarote.

Lanzó el cuerpo al extremo, pegado a la baranda. Intentó pero no pudo dormir. No había refugio; a dos pasos la cocina, uno más y ya estaba el baño. Era su nuevo espacio. No podía quejarse después de tanta dignidad al irse de su casa: «me largo y por aquí no vuelvo», le había gritado a su padre dos meses atrás.

Tal vez sí podía quejarse, aunque nadie iba a escucharle, porque a las tres de la mañana se oyen ruidos pero no quejidos por un bicho. Se oye el rasguñar del gato que se quedó por fuera y el hijo mayor del panadero gritando: «¿dónde está mi mamá que la voy a matar por perra?». Se oye el salto de un taco de luz, por culpa del baño hirviendo de un escritor que vive en el garaje. Suena once y doce veces la sirena de un carro de policía con dos prostitutas dentro. Se escucha sobre el vidrio esa lloviznita estúpida que no moja y hace daño.

No, ya no iba a dormir. Ni porque los parpados se le cayeran cada milisegundo.

Tiró el colchón del camarote al suelo, lanzó el cuerpo hacía el colchón, y ya abajo, tapó el borde de la puerta con unas cobijas para que el frío no entrara de golpe. Subió de nuevo al camarote con un aerosol de veneno en la mano. Lo esparció por las tablas, roció todos los rincones, una, dos, tres, cuatro veces.

Bajó, apagó la luz y se echó en el colchón tirado al suelo lo que quedaba de la madrugada; a una hora de que saliera el sol por la única ventanita —la que da al jardín—. La madrugada se hizo mañana. Nadie abrió la puerta desde adentro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s